De Gea y andanzas.

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A los robles les gustaba viajar, éste en especial era incansable, conocía el mundo de rabo a rabo, pues en la época en que él caminaba, la tierra, gea, era una sola y por supuesto si eras un árbol podías ir descalzo por todo el lugar.

Cuando el roble llegaba a un asentamiento de árboles, le gustaba esparcir su rumor con el viento, les contaba las historias que él conocía y esperaba las de ellos, la mayoría confiaba, pues era sabido que los robles tienen toda la madera noble.

Hubo un tiempo que al escuchar las historias, el roble se dio cuenta que algo estaba cambiando, comenzó a escuchar relatos de unos pequeños seres que amenazaban a sus congéneres y los quemaban, comenzó a escuchar relatos de que había unos seres engreídos que llegaban a regiones llenas de arbologares y por el siempre hecho de que tenía una buena vista, mataban a todos y los dejaban pudrirse a las orillas.
Escucho también otros relatos extraños, que la tierra para protegerse de estos seres siniestros comenzaba a huir, comenzaba a separarse y a poner resistencia.

Un día entre su caminar, oyó un retumbado, era tan fuerte, que salió corriendo, a tiempo para ver como la tierra comenzaba a elevarse, el roble pudo ver como poco a poco era mas alta que él, y seguía creciendo y creciendo, parecía nunca acabar.

Otro día, le tocó apreciar como de la tierra emanaba agua, y como esta iba llenando los alrededores, poco a poco, durante años vio como se formaba un gran lago, cada día él tenía que moverse para que el agua no lo cubriera.

El roble se enteró por las historias, que ni con estos cambios los seres mezquinos se calmaban, no parecían tenerle miedo a nada, no parecían respetar ni a Gea misma, el roble supo que en esos mismos momentos, iniciaba el fin de su gran hogar, la tierra.