Cronica de un día de muertos

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Crónica de un día de muertos.

Levantarse con el despertador unas tres horas y media después de haber pegado el ojo, salir corriendo con las flores, para al llegar al cementerio esperando no encontrar tanta gente, por suerte y a pesar que estaba ya lleno de carros, encuentro un lugarcito disponible y gracias de no tener que caminar las centurias cuando uno no anda tan despierto que digamos, tres lágrimas de capricho y de recuerdo, salir huyendo de los fantasmas y los recuerdos a buscar otras tumbas que hace tantos años que no visitas, y no encontrarlas. Dejar la última flor, en la tumba desconocida y olvidada de alguien, dejarla ahí, en recuerdo de los otros, los que visitaste alguna vez en compañía de la que visitaste hoy.

Volver, comer lo que encuentras en el camino y largarte a la cama un ratito más, siempre un ratito más,  despertarte con la llamada de ¿Qué vas a comer? Está tu sobrino en casa de tus tías, y  están haciendo desmadre, ¿Porqué no te animas?, Y así, como vas, a bañarte, y a volver a despertar, para irte a seguir el trabajo de ama de casa desesperado que dejaste ayer, terminar de aprender a hacer casitas y macizos con el gancho, jugar un rato con el gordo chípil que te está abrazando y hacer cariños distantes al otro enano más pequeño y mas gordito que no deja de ver como lanzas a su carnalito por los aires mientras ríe, descubres que después de una hora de estar tejiendo las manos duelen y recuerdas que tienes un montón de trastos que lavar, por lo que sales corriendo….

Y aquí estás… escribiendo para no tener que poner merengue, y  no tener que encontrarte de nuevo con viejos fantasmas, deseando dormir, y comiendo las empanaditas de fresa que amasaste ayer.